Nunca he codiciado la plata ni el oro ni el vestido de nadie. Bien saben ustedes que mis manos me han servido para ganar lo que nos faltaba a mí y a los que están conmigo. Siempre les enseñé, y ustedes lo aprendieron, que a los necesitados se les ayuda trabajando como he trabajado yo, y recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más bendición en dar que en recibir.”» Dicho esto, Pablo se puso de rodillas y oró con ellos. Todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaron, pues les dolió mucho el que dijera que no lo volverían a ver. Después de eso, lo acompañaron hasta el barco.
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